Llevaba meses sin tener relaciones sexuales con nadie. Desde que mi novia se fue a Londres a hacer un master me había encerrado en la rutina del trabajo, de ver un poco a la familia, y poco más.

Con ella las noches eran eternas, llenas de pasión, lo hacíamos una y otra vez. Siempre diferente, innovando con nuevas posturas, jugando con nuestros cuerpos. Más y más. Por toda la casa. En la cama, en la ducha, en la cocina. Cualquier sitio era bueno para que nuestros cuerpos se unieran en la más profunda comunión sexual. No había conocido a ninguna mujer así. Totalmente adicta al sexo, tanto como yo. Hacíamos buena pareja.

Ahora la imagino en aquella ciudad triste y gris, pero la llamo y nos consolamos. Pero, y siempre hay un pero, muchas noches no me lo coge, ni está conectada en su ordenador. Cada vez se me hacen esas esperas más largas, y no puedo más que consolarme viendo esas fotos que guardo como un tesoro. Las que nos hicimos con el móvil este verano mientras teníamos sexo en la playa.

No era suficiente. Quería volver a estar con una mujer

Nunca me había masturbado tanto como en estas semanas sin sexo. Era algo que no necesitaba. Desde joven no recuerdo que tuviera que desahogarme de esa manera. Pero en el fondo no me quedaba satisfecho. Quería sentir, besar, que me lamieran mi cuerpo, mi pene, tener un sexo de calidad y estar horas y horas. Cómo la echaba de menos. Y lo cierto es que cada día estaba seguro que ella no estaría precisamente “en ayunas”. La conocía lo suficiente.

Necesitaba calmar mis ansias sexuales de una vez. Si no, me iba a volver loco. Pero no me atraía la idea de llamar a antiguas novias, ni de salir a locales a ver si conocía a alguien. Creo que esa edad ya se me pasó. Por ello comencé a navegar sin parar por internet. Visitaba webs eróticas de todo tipo, hasta de agencias de escorts, pero no me podía hacer una idea de las chicas. Siempre se tapan la cara, hasta que vi una que, sin verle el rostro, intuía que debería ser preciosa. Por lo menos su cuerpo era una maravilla. Me recordaba al de mi novia, y eso me excitaba.

Tras pensarlo mucho llamé. Y sin dudarlo, decidí que viniera a casa. Era la primera vez que recurría a estos servicios, pero entre las escorts españolas en Madrid, que vi, aquella chica me sedujo sólo con sus curvas de diosa.

En casa con una escort de Madrid

No tardó más de una hora en presentarse en mi domicilio tras la llamada. Ella estaba disponible y yo nervioso. Una extraña combinación. Pero si, allí estaba ella, llamando a la puerta. Yo abrí cautelosamente y ella me regaló una sonrisa que junto con el brillo de sus ojos me cautivó. Vestía de manera casual, pero muy elegante. Pantalón vaquero que dibujaba unas piernas y un culo perfecto y una camisa blanca simple, pero que escondía un pecho que más tarde pude comprobar que era perfecto. Ah, y por supuesto calzaba unos tacones no demasiado altos que estilizaban aún más su cuerpo.

Se presentó, me dio dos besos cercanos a la comisura de mis labios, y fijó su mirada en mi biblioteca. Lo cierto es que me extrañó, pero así fue. Después comenzó a comentar algunos títulos que ella conocía. Su voz sensual, pausada, su figura y unos preciosos ojos verdes, me hicieron calmarme un poco. Era cercana, con clase, sensual y en pocos minutos me hizo sentirme cómodo a su lado. Parecía que ya la conocía de toda la vida.

Se fue a la ducha

Tras ofrecerle algo de beber, me comentó que prefería si era posible ducharse. Hacía calor y lo necesitaba. Yo le indiqué donde estaba el baño. Se dirigió a él, pero no cerró la puerta. Sabía que desde mi sofá podía verla, pero no le importó. No podía dejar de mirar, poco a poco comenzó a quitarse la ropa de espaldas a mi. Era tan erótica aquella escena. Más cuando se recogió el pelo largo y sedoso que tenía.

Escuché como abría el grifo y comenzaba su ducha. Pero en unos minutos lo cerró. Me llamó por mi nombre, ni recordaba que se lo había dicho en la puerta. Me pedía ayuda, decía que se le había metido gel en los ojos. Y yo, como buen caballero, acudí a su llamada.

Sexo bajo el agua

Abrió la mampara de la ducha y pude contemplar el cuerpo más sensual que jamás había visto. Ella me agarró de la camiseta, y con los ojos cerrados comenzó a besarme. Intensa pero delicadamente. Le pedí unos minutos, me quité la ropa, y entré en la ducha. Allí dentro me abrazó, continuó con el baile de besos, esta vez por todo el cuerpo, desde el pecho, el cuello, los hombros, los brazos, las manos. Sentía un placer repleto de sensualidad. Y yo le devolvía también besos que la hacían excitarse susurrando y esbozando gemidos.

Al rato de que nuestros cuerpos se fundieran en uno solo, se puso de rodillas, agarró mi pene mientras me miraba y sonreía. Después lo hizo suyo y poco a poco tras besos y lametones, se lo introdujo casi en su totalidad en su boca. Yo me apoyé en la pared y dejaba que ella siguiera. Pero quería disfrutar más de su presencia, de su compañía, no quería un sexo tan rápido.

Le pedí que parara, se levantó, me abrazó y los dos salimos de la ducha.

Jugamos a excitarnos aún más mientras nos secábamos. Era increíblemente simpática y seductora. Lo que nunca había imaginado de una de las escorts de lujo de Madrid.

Ella tomó la iniciativa

Una vez que ambos estábamos secos, me cogió de la mano. Cogió del salón la copa que me había preparado y nos dirigimos a la cama. Allí se tumbó en el lado más lejano, dejándome contemplar su cuerpo y adoptando una postura donde podía recrearme de esa maravilla de mujer. Por supuesto no paraba de sonreír, hasta que alargó su brazo con la intención de que volviera a estar junto a ella.

No lo dude, en realidad no podía resistirme. Ella se puso boca arriba y yo encima. Entre besos, acariciaba su piel, su pecho, su cuerpo, y me correspondía con caricias, pequeños masajes y lametones.

Hasta que no pude contenerme más y me puse un preservativo. Ella se dio la vuelta de manera escurridiza. Y se cambiaron las tornas. Se subió encima de mi, algo que me permitía acariciar sus preciosos pechos, ver sus ojos, recrearme con su sonrisa. Comenzó a moverse, nuestros genitales se rozaban, pero yo quería que fuera mía, poseerla en todos los sentidos.

Me adivinaba el pensamiento de una manera mágica. Se incorporó un poco y dejó que mi pene entrara poco a poco en su vagina. Notaba su calor, ella suspiraba, y tras unos instantes, comenzó a moverse de arriba abajo. Cabalgando sobre mi.

Poco a poco hacía que ese movimiento fuera mucho más acompasado. Con más ímpetu. Ella sabía que ya tenía ganas de eyacular y sentir mucho más placer aún. Y parecía que lo adivinaba, ya que, por sus movimientos, a ella también le estaba llegando el momento de correrse.

Un orgasmo simultáneo

Disfrutaba de cada segundo, de cada instante de placer. Se soltó el pelo aún húmedo, me cogía las manos para apretarlas sobre sus pechos. Estaba excitada, muy excitada, y eso hacía que yo disfrutara aún más. Se entregaba de manera pasional, incluso más que mi novia. Tenía ganas de hacerme gozar y ella también quería que nuestro encuentro fuera inolvidable.

Había una química perfecta, nuestros cuerpos eran uno, la compenetración era total. El brillo de sus preciosos ojos verdes se tornó a azul y su mirada lasciva me hacía sentirme en el paraíso.

Y ya, en un momento esperado, pero no por ello menos placentero los dos llegamos al unísono al orgasmo. Mientras ella gemía con ímpetu y cambiaba el ritmo de sus movimientos, yo eyaculaba. Recuerdo no sin excitarme aquel polvo. Quizá el mejor de mi vida. Y quien iba a decirme a mi que sería con una escort.

Se fue un momento al baño, caminaba con la agilidad de una gacela, con los pies casi de puntillas. Todo era erotismo y sensualidad.

A los pocos minutos volvió sonriente, se acurrucó a mi lado. Pasaron horas con juegos eróticos de todo tipo. Su alegría, simpatía y ganas de sexo me hicieron pasar la noche más mágica de mi vida.

Horas más tarde y no sin repetir sexo en posturas nuevas para mi, se tenía que ir. Yo la despedí de la mejor manera que supe, y ella selló el encuentro con un pasional beso que aún parece que me lo acaban de dar.

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