Desde hace un tiempo que una idea algo descabellada pululaba por mi mente y como no podía quitármela de la cabeza decidí comentárselo a él. La verdad esperaba un “no” por respuesta, pero me equivoqué y accedió a ella.

No era fácil organizarlo, pero al final conseguimos cuadrar nuestras agendas personales. Aunque la situación me producía mucho morbo, no debíamos bajar la guardia, la situación podía volverse en nuestra contra y que nos descubrieran. Teníamos que actuar con cautela.

Quedaríamos un domingo por la mañana en un lugar céntrico y muy concurrido. Aparcaríamos el coche en el parking de la playa, aunque nuestro punto de encuentro no era ese. El lugar acordado era en la famosa marisquería de la ciudad, pero más concretamente en la terraza.

El gran día – La propuesta

Llegué con mi familia cinco minutos antes de lo previsto, eso me dio tiempo para elegir un buen sitio e intentar relajarme. Disimulaba mis nervios con una enorme alegría y la risa poco forzada, hablaba haciendo hincapié en lo mucho que me apetecía comer allí. Mi marido jugueteaba con la niña cuando vi mi amante aparecer con su familia.

Su porte y su andar eran únicos. Vestía un pantalón de lino blanco con una camisa del mismo color que acentuaban su color tostado de piel. Sus chispeantes ojos grises estaban ocultos tras unas modernas gafas de sol, que se compró hace poco. Me atraía mucho más así, que con los apagados trajes con los que estaba acostumbrada a verlo cada día. El verano estaba siendo generoso con él, su piel había adquirido un tono tostado, eso le daba un porte delicioso y un aire más sensual.

Crucé las piernas intentando apagar el calor que se había encendido cuando lo vi.

Recuerdo con nitidez nuestro primer encuentro sexual, pero hasta que eso sucedió el contacto tan solo era visual y rodeados siempre de gente. El punto de encuentro, el ascensor, aunque, ¿quién no conocía al famoso arquitecto, Miguel Blaquez?. Supongo que habrá quien no lo conozca, pero después del diseño y construcción del Museo de Arte moderno de la ciudad, ya no pasaba desapercibido para nadie. Trabajamos en el mismo edificio, pero en empresas diferentes. Hoy por hoy, pienso que es lo mejor, es una buena forma de guardar las distancias.

La tormenta tuvo la culpa

La tormenta y que por esas casualidades de la vida, los dos aquella tarde, salimos más tarde de nuestro trabajo. El día estaba lluvioso, pero nada hacía presagiar la furia que se desencadenó justo minutos antes de abandonar mi despacho. Los truenos comenzaban a sonar cuando recogí mis cosas para marchar, pero a medida que pasaban los minutos aumentaba la frecuencia y los relámpagos hicieron su aparición.

Pulsé el botón del ascensor centrando mis pensamientos en la tormenta. No les tengo miedo, pero sencillamente, no me gustan. Las puertas se abrieron y allí estaba él, Miguel, tan apuesto como siempre, con su eterna sonrisa e impecable como a primera hora de la mañana. Había fantaseado con él en millones de ocasiones, sentía una atracción que no había sentido ni con mi marido cuando estábamos de novios. Pero hasta ese día todo estaba en mi cabeza y estaba dispuesta a que siguiera así, de no ser por la tormenta y nuestro encuentro en soledad.

Cuando lo vi y comprobé que estábamos solos, aparté de mi mente toda fantasía, no quería que no notara ni un ápice de lo que bullía dentro de mí. Nos saludamos cortésmente. Las puertas se cerraron y me situé al lado de él. Su dedo apuntaba al botón del parking cuando el ascensor se paró con una fuerte sacudida dejándonos colgados y sin luz.
Maldije la tormenta. Estaba furiosa.
Con la sacudida literalmente caí encima de él. Sentí vergüenza y agradecí por unos instantes que no hubiera luz para que no pudiera verme, estaba segura que mi cara era el reflejo de un tomate. Me disculpé pero al intentar mover los pies, un quejido salió de mi garganta.

– ¿ Estás bien?, ¿te has hecho daño, Clara?
No podía contestar, no solo por dolor que tenía en el tobillo, sino porque supiera mi nombre.
– Estoy bien gracias, solo qué me duele un poco el tobillo. He debido de torcérmelo con la caída.
– No te preocupes, en unos segundos todo habrá vuelto a la normalidad. Volverá la luz y podremos marcharnos y sino, no puedes caminar, llamaremos a una ambulancia.

Tanteé con mis manos el tobillo y comprobé con satisfacción que todo estaba bien. Deduje que el dolor era la consecuencia del golpe y de la torcedura. Me aparté de su lado para sentarme mejor y poder estirar las piernas. Durante esos momentos ninguno de los dos dijo nada, tan solo se oían los truenos y los relámpagos. Todo estaba oscuro y los minutos se me hacían eternos.

– ¿Te sigue doliendo el pie, Clara?- me preguntó con voz pausada intentando infundirme tranquilidad.
– Sí aun me duele un poco, pero por lo que he tocado, no parece nada grave. Estoy segura que solo es una pequeña torcedura.
– Déjame verlo, creo que con un pequeño masaje se te pasará el dolor.

Me saqué los zapatos y a tientas y guiada por la pared del ascensor me moví hasta que mi pie descansó sobre su pierna. Sus manos se posaron con seguridad en mi pie, como si esto lo hiciera todos los días. Sus hábiles dedos recorrieron mi tobillo. Sus manos desprendían un calor desconocido. Una sensación que avivó las olvidadas fantasías que día tras día tenía con él. Todo seguía en silencio entre nosotros, solo nos acompañaba la tormenta.

– ¿Mejor así?- irrumpió de esta manera mis pensamientos
– Sí mucho mejor- contesté intentando que mis palabras sonaran convincentes.

No pude engañarlo, mi respiración me delató. Pensé que él pararía pero no fue así. Sus manos ascendieron por mi pierna suavemente con un delicado masaje e intuí que no se iba a detener allí. Yo no tuve fuerzas para decirle no, en el fondo lo deseaba, ansiaba eso y mucho más. Continuó ascendiendo por mis muslos y mi respiración era cada vez más sonora. Se detuvo en la goma de mis medias y jugueteó con ellas. En aquellos momentos hubiera deseado tener luz, para ver su cara y sus ojos, pero sabía que si mi deseo se cumpliera, todo acabaría y yo me quedaría con un calor encendido y sin poderlo apagar.

Su mano empujó mi falda hacia mis caderas al ver que no me oponía a sus caricias. Sus hábiles dedos recorrieron mi ingle. El se acercó más a mí. Notaba su aliento en el cuello y su respiración como la mía era cada vez más agitada. Tocó el borde mi tanga y comenzó a acariciar mi pubis encima del encaje. Poco a poco notaba como la humedad llegaba a mi tanga. Paseaba su mano sin reparo por encima de mi vientre. Bajaba y se detenía entre mis piernas sin llegar tocar mi piel, todas las caricias eran por encima de la finísima tela que cubría esa zona tan deseada. Detuvo su mano pero uno de sus dedos fue introduciéndose entre mis labios, mi tanga estaba totalmente mojado. En ese instante me olvide de todo, de donde estaba, con quien estaba… tan solo quería que ese dios del placer me hiciera estallar.

El no decía nada, solo pequeños sonidos salían de su garganta, sonidos que eran gloria para mis oídos y que me indicaban que disfrutaba tanto como yo. Apartó con cuidado el borde de mi tanga y con gran habilidad buscó entre mis labios la perla de mi placer. Con dos de sus dedos comenzó a estirarlo. Eran tirones suaves pero que hacían aumentar mi locura, mi deseo desenfrenado. Enseguida noté como el botón de mi locura se engrosaba entre sus dedos. Estaba a punto de estallar, mis caderas no paraban de moverse, buscando ser saciada por él.

Paró para introducir uno de sus dedos dentro de mí. Mi humedad mojó su dedo que pronto comenzó a moverse. Al instante noté como introducía otro dedo más… Para mis adentros proclamaba al cielo que me había enviado aquella delicia. Con sus dos dedos dentro mí, comenzó a moverlos a ritmo increíble a la vez que yo empujaba su mano con mi cadera. El orgasmo llegó entre envestida y envestida liberando una pasión que desconocía.
Justo en ese instante las luces se encendieron y nuestras miradas se cruzaron. Sacó sus dedos y se los chupó.

– ¡Eres deliciosa, Clara!- exclamó mientras volvía a poner sus dedos dentro de mí.
Los sacó y me los acercó a mi boca con la invitación a que yo lo probara.
– Siento mucho ser tan cortante, pero debemos recomponernos, pronto estaremos en la puerta del parking y tal vez haya alguien abajo.

Parecía frío y calculador, pero en realidad tenía razón. No entendía nada de por qué había pasado y cómo, pero no me arrepentía. Había sido el mejor orgasmo de mi vida.

– ¡Clara, quiero más de ti!. Esto solo ha sido un aperitivo de todo lo que puedo darte, piénsalo.

Las puertas se abrieron y mientras se dirigía hacía el coche, yo lo observé quieta apoyada en la primera columna que encontré. Después de aquel encuentro en el ascensor, pensé mucho en lo que ganaba y en lo que podía perder.

Al día siguiente en la oficina llegó un mail suyo, donde me explicaba la inmensa atracción que sentía por mí, pero que no por eso estaba dispuesto a dejar su familia. Lo que él me proponía eran encuentros seguros para los dos, pero llenos de fantasía, morbo, pasión y placer. Estaba muy confusa para tomar una decisión tan rápido, no estaba segura de poder mantener una situación así y convertir a Miguel en amante; porque me gustara o no, si aceptaba acabaríamos siendo amantes.

Tarde unos días en decidirme, el tiempo que me llevó a comprobar que el sexo con mi marido, nunca me haría sentir lo que me hizo sentir Miguel en unos minutos. Así pasados cinco tormentosos días, decidí aceptar su proposición.

Nunca en la vida me había planteado tener sexo fuera del matrimonio, porque creía que ese espacio de mi vida estaba completo. El problema fue probar el dulce veneno de Miguel y comprobar que mi vida sexual era sosa. Por eso lo necesitaba, precisaba sus caricias, su arrebato, su pasión y su sensualidad… por eso para mí, él no era un amante. Él es la parte que complementa mi vida con mi marido. Amo a mi marido; pero él, mi amante, es el complemento ideal. No me gusta llamarlo así, pero sé cual es su sitio y el mío, siendo el resultado amantes apasionados, reconociendo cada uno su lugar.

Giré la cabeza para no recordar. Aparte mis ojos de él para no embobarme. Agarré el vaso de mi Martini y di un sorbo largo. Centré mi atención en mi hija y en todas esas pequeñas tonterías que hacen los niños para llamar la atención de sus padres. Miré de reojo para ver donde se sentaban. A la izquierda, pasadas tres mesas, allí estaba él y su perfecta familia. Nadie de los que estaban allí, podía sospechar que es lo que había entre nosotros. Actuábamos con normalidad, pero estoy segura que mi mente y la suya se encontraban en el mismo lugar.
Sentí la necesidad de moverme. Estaba segura que él me había visto, pero con la duda instalada en mi mente, me levanté y me excusé con los míos diciendo que iba al baño. Podía ir por dos caminos, pero estaba muy claro por cual ir.
Caminé con paso corto y más bien despacio. Tenerlo cerca y no poder tocarlo aumentaba mi deseo. Al pasar por su lado, hubiese dado un mundo por que en ese momento él, me llevará al cielo, como cada vez que nos encontrábamos.

Empujé una puerta donde ponía “aseos”, pero no especificaba sexo. Entré y a mi derecha había dos puertas con sus respectivos símbolos anunciando para quien eran. Me quedé en la zona común, una encimera con dos lavabos. Apoyé mis manos en el granito y acalorada por su presencia bajé la cabeza. Tenía que relajarme o todo se iría al traste. Respiré profundamente. El ruido de la puerta me indicaba que alguien entraba. Sin levantar la cabeza comprobé quien era.

– ¿Tu?
– Sí, yo. ¿Acaso no era eso lo que querías con este encuentro?

No me dio tiempo a responder. Sus labios taparon mi boca. Con gran habilidad me empujó hacía la puerta donde había un símbolo de mujer. Entramos medio enlazados y cerró la puerta con el pestillo. Apoyó su espalda a la puerta y con sus brazos me atrajo hacía él.
Su lengua invadió mi boca buscando con urgencia la mía. Se entrelazaron como si en ello nos fuera la vida, como si fuera el último encuentro. Nos movimos mientras nuestras bocas seguían unidas. Mi espalda era ahora la que se encontraba contra la pared. Sus manos corrieron mi cuerpo y se detuvieron en mi culo.

Me apretó a él con energía. Un bulto duro en su entre pierna, indicaba que estaba listo. Sin despegarse de mí, subió mi vestido, separó el tanga e introdujo dos dedos en mi vagina, estaba húmeda y preparada para él, para gozar de su intensidad. Me aferré a él con firmeza, mis manos en su espalda sintiendo su calor. Ahogaba mis suspiros, todo era silencio. Su boca se perdió en mi cuello y su lengua hacía círculos en mi piel. Sus dedos habían preparado el terreno para su pene erecto. Un miembro que me hacía enloquecer.

Me penetró con rapidez y comenzó ese movimiento de caderas que me volvía loca. Mi cuerpo quería más y acompasó sus movimientos. Unidos en un solo son, llegamos al orgasmo. No pudimos hacer más, pero el morbo de la situación era suficiente. Esperamos a que nuestras respiraciones se clamaran con las manos entrecruzadas.

– Chato, me vuelves loca. Cubres todo el morbo y fantasías soñadas – susurré al oído.
Él me sonrió y tras comprobar que fuera no había nadie, salió. Yo me quedé dentro recuperándome. Respiré profundamente, me recompuse el vestido. La puerta del aseo se oyó y sus pasos se perdieron tras ella. Salí y me miré al espejo. Me refresqué y sonreí pensando en la excitante propuesta. Abrí la puerta y me dirigí a la mesa donde se encontraba mi familia.

  • Espero os guste este relato erótico, la propuesta.
  • Deseo que tengáis una lectura excitante y muy mojada 😊
  • Espero vuestros deliciosos comentarios.

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